No suelo ser de hacer
recuentos, de felicitar el año a todos mis conocidos ni de salir en Nochevieja
repartiendo besos a diestro y siniestro. No suelo cogerme esta fecha como punto
de inflexión, ni lleno mi agenda de propósitos con los que cambiar mi día a
día.
Pero es que este año ha
sido muy bueno. El año pasado me puse un solo reto: ser más impulsiva, vivir
más la vida, tomar más riesgos (aquí). Y el año no me ha podido ir mejor.
Este año cumplí muchos
sueños que no sabía ni que tenía. Crucé el charco (muy típico), rodé por la
Route 66 y me comí un Hot Dog en el Cozy Dog. Cené en la barra del Bussy Corner,
probé las tortitas del Ihop y me levanté a las 4:30 para ir a desayunar con una
cuadrilla de granjeros. Descubrí el sweet corn, los daiquiris congelados, el helado
con sirope de chocolate y M&M’s y un vino blanco dulce que mi padre
americano me servía con cada gol que España metió en la final de la Eurocopa
mientras yo le explicaba quién era cada jugador. A cambio él me explicó con
gran entusiasmo cada detalle de los partidos de baseball que veíamos pero seguí
sin cogerle la gracia. Ni cuando me tocó disfrutar del mejor home run de la
historia del campo de los Saint Louis Cardinals. También me contó tanto sobre
la vida de Lincoln que Spielberg me llamó para contrastar datos para su
película.
Viví el cuatro de julio
entre desfiles, congresistas republicanos que fueron portada del Men’s Health,
hamburguesas y fuegos artificiales.
Disfruté de Chicago. Estuve
en la estación de metro de Mientras Dormías y en las callejuelas donde empieza
todo en Con faldas y a lo loco. Salí corriendo bajo la lluvia del Navy Pier y
viví la mejor tormenta de rayos que pude haber imaginado nunca. Las pizzas
fueron en el Gino’s y la tarta de queso en el Cheesecake Factory.
Hubo atardeceres entre
luciérnagas voladoras que me hicieron sentir como en una película Disney, con balanceos
interminables en las hamacas del porche y paseos entre maizales. Aprendí a
conducir un quads y hasta vi un colibrí (este sí que era el gran sueño de mi
vida).
Pero no todo fue las
américas. Antes de ir hubo una noche en el que intenté enseñarle euskera a
Elena mientras no podíamos parar de reírnos, porque a aquellas horas de la
madrugada ya no sabía en qué idioma hablaba y la pobre no podía entenderme
sino. Hubo tres días en Barcelona con Alena que nos unieron más que años
compartidos con otras personas. Por su parte, Cristina, me enseñó en una sola
tarde que la vida puede ser una aventura digna de la mejor de las novelas. Con Pili,
Teresa, Laura, Ari y cía, me di cuenta que la familia 2.0 no es una ilusión, que
es un oasis que existe verdaderamente.
Me bebí mi primer tequila
en la noche más corta del año y mi primer gin tonic en el Dickens con JesúsTerrés. Intentad superar eso. Conseguí desenmascarar a nuestro misterioso
Guardián y que me llevara a uno de sus bares, Soho, que en cuanto puse un pie
allí y escuché Brown Eyed Girl, pensé “este chico lo tiene todo controlado”. Hubo
tardes que empezaron entre cafés con leche y pasaron a ser noches mientras nos
acabábamos todo el vino blanco del bar. Un día de San Sebastian en el que decidimos
que la arriada nos gustaba más que la izada y en el que era un error irse a
casa y un acierto quedarse más allá de las doce.
Hemos tenido la primera
despedida de soltera de la cuadrilla, lo que trajo después la primera boda el
día que fui todo tocado para estar a la altura de las circunstancias. Pero
sobre todo hubo mucho baile, mucha risa y mucha Banda Sonora de nuestra vida.
Hubo viajes en autobús en
los que disfruté del paisaje, helados paseando por La Concha y mucho tomate
para desayunar. Vi La Habitación de Van Gogh, monté en columpio, decidí que mi
árbol tenía hojas amarillas y entendí que hasta los cupcakes rosas están de
muerte. Reiteré mi pasión por las verbenas del pueblo, las plantas en cualquier
esquina y el verde de nuestras montañas. Fotografié cada cielo que quise
inmortalizar, dormí con la ventana abierta todas las noches de verano y mi hermana me dijo que me echaba de menos en su nuevo habitat. Bela
Lugosi se convirtió en mi actor cómico favorito y bailé el Ave María de Bisbal
en Anoeta mientras celebrábamos un gol.
Fue el año de Homeland, New Girl,
The Newroom y Hart of Dixie en la pantalla pequeña. Venidas de la grande
estuvieron Drive, La sombra del poder, Intocable, Shame (suspiro), El
Concierto, Los Descendientes, Los Vengadores, El Bazar de las Sorpresas,
Enredados, Cómo entrenar a tu Dragón, El amigo de mi hermana, Regreso al Futuro
(no, no la tenía vista) y esa maravilla llamada La Luna (aquí). Sobre los
libros que leí siempre tenéis una pista en el banner.
Y cada momento tuvo su música. Mucho
Mumford & Sons con sus The Cave, After the Storm o I gave you All. Mucho
Pájaro Sunrise, everytime, everywhere (gracias J.A.). The City de Patrick Wolf,
Everlasting Light de The Black Keys, A Solas de Mabü, Ivory Road de King
Charles, Dog days are Over de Florence & The Machine, First day of my Life
de Bright Eyes, Waterfall de James, Lost in my Mind de The Head and The Heart,
Je Veux de Zaz, That look you give that guy de Eels, A Real Hero de College… Y
no podían faltar mis clásicos: Sabina, Bowie, Van Morrison, los Creedence, The
Killers, Arctic Monkeys…
Por lo que sí, el 2012 ha sido un
año magnífico, fabuloso diría yo. Y no tengo ninguna intención de que el 2013
no sea aún mejor. Las risas, los amaneceres y las copas de vino están
aseguradas.
Como dice Emilio Duró, no
os olvidéis de cantar, bailar y saltar. Es imposible no ser más feliz cuando
uno canta, baila y salta todos los días.
¡Feliz 2013!













